¡Panamá resucitado!

FullSizeRenderAdaptación de un texto de Alejandro von Rechnitz González

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Nunca podremos precisar el impacto de la ejecución de Jesús sobre sus seguidores. Sólo sabemos que los discípulos huyeron a Galilea. La rápida ejecución de Jesús los hundió si no en una desesperanza total, sí en una crisis radical.

Sin embargo, al poco tiempo sucede algo difícil de explicar. Estos hombres vuelven a Jerusalén y se reúnen en nombre de Jesús, proclamando que el profeta ajusticiado días antes por las autoridades del templo y los representantes del Imperio está vivo. Cuando les preguntan, ellos sólo dan una respuesta: “Jesús está vivo. Dios lo ha resucitado”. Su convicción es unánime e indestructible.

Los seguidores de Jesús saben que están hablando de algo que supera a todos los humanos. Nadie sabe por experiencia qué sucede exactamente en la muerte, y menos aún qué le puede suceder a un muerto si es resucitado por Dios después de su muerte.

Sin embargo, muy pronto logran condensar en fórmulas sencillas lo más esencial de su fe. Son fórmulas breves y muy estables, que circulan ya hacia los años 35 a 40 entre los cristianos de la primera generación.

Esto es lo que confiesan: “Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos”. No se ha quedado pasivo ante su ejecución. Ha intervenido para arrancarlo del poder de la muerte. En todas las fórmulas, los cristianos hablan de la “resurrección” de Jesús.

El tercer día.

¿Por qué se dice que Jesús “resucitó al tercer día, según las Escrituras”? En realidad, en el lenguaje bíblico, el “tercer día” significa el “día decisivo”. Después de días de sufrimiento y tribulación, el “tercer día” trae la salvación. Dios siempre salva y libera “al tercer día”: él tiene la última palabra; el “tercer día” le pertenece a él. Así podemos leer en el profeta Oseas: “Vengan, volvamos a Yahvé, él ha desgarrado, pero él nos curará; él ha herido, pero él vendará nuestras heridas. Dentro de dos días nos devolverá a la vida, al tercer día nos levantará y viviremos en su presencia” (Oseas 6,1-2).

Los primeros cristianos creen que, para Jesús, ha llegado ya ese ha llegado ya ese “tercer día” definitivo. El ha entrado en la salvación plena. Nosotros conocemos todavía días de prueba y sufrimiento, pero con la resurrección de Jesús ha amanecido el “tercer día”.

¿En qué consiste la resurrección de Jesús?

La resurrección es algo que le ha sucedido a Jesús. Algo que se ha producido en el crucificado, no en la imaginación de sus seguidores. Esta es la convicción de todos ellos. La resurrección de Jesús es un hecho real, no producto de su fantasía ni resultado de su reflexión.

Esta resurrección no es un retorno a su vida anterior en la tierra. La resurrección no es la reanimación de un cadáver. Es mucho más. Nunca confunden los primeros cristianos la resurrección de Jesús con lo que ha podido ocurrirles, según los evangelios, a Lázaro, a la hija de Jairo o al joven de Naín. Jesús no vuelve a esta vida, sino que entra definitivamente en la “Vida” de Dios.

Según los evangelistas, nos dicen Jesús es el mismo, pero no es el de antes; se les presenta lleno de vida, pero no le reconocen de inmediato; está en medio de los suyos, pero no lo pueden retener; es alguien real y concreto, pero no pueden convivir con él como en Galilea. Sin duda es Jesús, pero con una existencia nueva.

Tampoco han entendido los seguidores de Jesús su resurrección como una especie de supervivencia misteriosa de su alma inmortal, al estilo de la cultura griega. Los discípulos nunca hablan de la “inmortalidad del alma” de Jesús. El resucitado no es alguien que sobrevive después de la muerte despojado de su corporalidad. Ellos son hebreos y, según su mentalidad, El “cuerpo” es toda la persona tal como ella se siente enraizada en el mundo y conviviendo con los demás.

Cuando Dios resucita a Jesús, resucita su vida terrena marcada por su entrega al Reino de Dios, sus gestos de bondad hacia los pequeños, su vida truncada de manera tan violenta, sus luchas y conflictos, su obediencia hasta la muerte. Jesús resucita con su “cuerpo” que recoge y da plenitud a la totalidad de su vida terrena.

El sepulcro vacío

El relato del sepulcro vacío, tal como está recogido al final de los escritos evangélicos, encierra un mensaje de gran importancia: es un error buscar al crucificado en un sepulcro; no está ahí; no pertenece al mundo de los muertos. Es una equivocación rendirle homenajes de admiración y reconocimiento por su pasado. Ha resucitado.

Hay que “volver a Galilea” para seguir sus pasos: hay que vivir curando a los que sufren, acogiendo a los excluidos, perdonando a los pecadores, defendiendo a las mujeres y bendiciendo a los niños; hay que hacer comidas abiertas a todos y entrar en las casas anunciando la paz; hay que contar parábolas sobre la bondad de Dios y denunciar toda religión que vaya contra la felicidad de las personas; hay que seguir anunciando que el Reino de Dios está cerca.

¿Qué tiene esto que ver con Panamá y su realidad?

Para ser claros y directos, se trataría –para los cristianos- de seguir el ejemplo de ese Jesús resucitado. Tal y como se concluye de lo dicho en el párrafo anterior, si siguiéramos a Jesús resucitado, ya no permitiríamos abusos entre nosotros como el de la isla Pedro González; no habría accidentes absurdos sin explicación, como el de los ngäbe en Antón; no estaríamos hablando de corrupción a todos los niveles del país; no debería haber tantos miles de indígenas viviendo en pobreza; no tendríamos el escandalosamente desigual acceso a recursos que vivimos actualmente; no habría las insultantes relaciones por raza, género, etnia, tal como vivimos en nuestros días.

Para los cristianos en Panamá y para todos los ciudadanos, hay un mensaje claro en esta fecha: Hablar de resurrección significa que con Jesús es posible un mundo diferente, más amable, más digno y justo. Decir otra cosa es falsear el evangelio.

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