Una paz irrenunciable

Opinión

COLUMNISTAS 07/10/2016 – 12:03 a.m. viernes 7 de octubre de 2016

Sin embargo, ganó el ‘No ‘ con un ‘triunfo pírrico ‘ de menos de medio por ciento

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Julio Yao Villalaz

julioyao1@gmail.com
opinion@laestrella.com.pa

Con tanta publicidad y apoyo internacional que recibieron los Acuerdos de Paz entre el Gobierno colombiano y las FARC-EP, debió ganar el ‘Sí ‘. Los apoyaban las Naciones Unidas, el Movimiento de Países No Alineados, la Celac, la Unasur, el ALBA, el papa, y miles de organizaciones no gubernamentales.

Sin embargo, ganó el ‘No ‘ con un ‘triunfo pírrico ‘ de menos de medio por ciento (-0.5 %): nada, o casi nada, tomando en cuenta que se abstuvo el 63 % de la población. Dos de cada tres colombianos decidieron no ejercer el voto.

Paradójicamente, el sí a la paz fue derrotado el 2 de octubre, aniversario del Apóstol de la Paz, Mohandas Karamchand Gandhi, que debe estar revolcándose en el Mausoleo que lleva su nombre en Nueva Delhi (Julio Yao: Las Armas de Gandhi , México, 1987).

Tenía que ser en el país del realismo mágico donde se pusieran a votar a favor de la paz o de la no paz (que no es violencia), ya que la alternativa nunca fue la guerra. Si la alternativa no será la guerra, ello se debe a la voluntad del Gobierno y de las FARC-EP de mantener el cese al fuego y reiniciar el camino de la paz.

La paz es piedra fundamental y uno de los principios de las Naciones Unidas (Preámbulo de la Carta), que obliga a su cumplimiento junto al mantenimiento de la seguridad internacional. Justamente por esa razón, la paz constituye un objetivo que no puede violarse, contradecirse, derogarse, disminuirse, discutirse o cuestionarse: es una norma de orden público internacional ( Jus Cogens ) que no admite acuerdo en contrario.

La paz, la libertad, la igualdad, la justicia, la soberanía son principios universales que están en el corazón de la Humanidad, del Derecho Internacional y de todo sistema jurídico. De estos valores se desprenden la no intervención, la no agresión, la inviolabilidad territorial, la prohibición de la trata de personas, de la esclavitud, etc. Cualquier tratado que vulnere alguno de estos principios puede ser declarado nulo. Por fortuna, en Colombia todos —menos los que tienen intereses en la guerra— quieren la paz por encima de sus diferencias sobre los acuerdos.

El sí perdió porque el Gobierno se confió y no hizo docencia sobre la Paz; actuó precipitadamente; sobreestimó a sus votantes y no tomó en cuenta que las zonas rurales, que sufrieron la guerra y estaban masivamente por el Sí, no tenían celulares, computadoras ni autos, como sí los tenían las zonas urbanas, que no vivieron la guerra, razón por la cual estas pudieron emplear las redes sociales más eficientemente en favor del No. La carencia de tecnología en las zonas periféricas rechazó al Sí.

El Gobierno tenía y tiene un déficit de credibilidad, una crisis de legitimidad, mientras que las FARC-EP contaban y cuentan con bajos índices de popularidad. Este hecho debió demandar de ambos un esfuerzo adicional y especial.

Los del ‘No ‘ objetaban algunas concesiones a las FARC-EP, como los cargos públicos bien remunerados; la impunidad por crímenes de lesa humanidad; su transformación en movimiento político, y lo que ellos consideraban como una capitulación vergonzosa del Gobierno a la guerrilla. Todo un reduccionismo demasiado simplista.

¿Por qué simplista? Porque se olvida que toda negociación implica concesiones recíprocas, algunas de difícil aceptación, pero en favor siempre de un fin superior; en este caso, la paz, el fin de un conflicto de más de medio siglo que no pudo ser ganado por ninguna de las partes y que no tenía caso proseguir. Cualquier reclamo, cualquier queja, debía ser secundaria al fin de la paz.

Lo más importante: los voceros del ‘No ‘, con el expresidente Álvaro Uribe a la cabeza, mintieron descaradamente, utilizaron medias verdades acerca de los Acuerdos y difamaron tanto al Gobierno como a la antigua guerrilla.

‘Descaradamente ‘, decimos, porque Uribe acusa al Gobierno de Juan Manuel Santos por delitos que justamente fue el primero que los cometió. No se nos ha olvidado a los panameños que Uribe protegió a María del Pilar Hurtado, acusada como responsable de pinchazos a la oposición, de homicidios, de ‘falsos positivos ‘ y de violación a los derechos humanos.

Con los acuerdos de paz, sea que se renegocien bajo un paraguas político más amplio o se aprueben mediante una Asamblea Constituyente, Colombia, uno de los países más admirables y hermosos de América Latina, empezará a ser otro país: más participativo, más inclusivo, más democrático y más justo.

OPINION@LAESTRELLA.COM.PA

*ANALISTA INTERNACIONAL, EXASESOR DE POLÍTICA EXTERIOR Y ESCRITOR.

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