¿Adónde se fue el crecimiento económico de Panamá?

 / 07 mar 2016 – 08:59h

 

En 2015, la economía panameña alcanzó un producto interno bruto de algo más de 51 mil millones de dólares. Para ese mismo año se estimó nuestro crecimiento económico en algo menos del 6%. Según la Contraloría General de la República, más de 5 mil millones de dólares fueron invertidos por capitales extranjeros durante ese año. Con todos esos datos, la economía de la calle debería estar volando, sin embargo, el desempleo aumenta, y ya se empieza a observar almacenes y restaurantes cada vez más vacíos.

 

¿Qué está pasando?

Imaginemos un desayuno en marzo de 2016. Un delicioso café caliente con leche fresca y dos cucharaditas de azúcar morena. El café será acompañado por un derretido de queso amarillo preparado entre dos deliciosas rebanadas de pan. De ese desayuno, solo el azúcar morena pertenece a empresas panameñas. Si se incluye el agua y la electricidad utilizadas para preparar el desayuno, tenemos que un 92% de la electricidad en Panamá es producida por empresas extranjeras o de capital mixto. En total, es posible que de nuestro desayuno el 99% de las utilidades se vayan fuera del país.

Ahora imaginemos ese mismo desayuno en marzo de 1996. Hace 20 años Café Durán era una empresa panameña, al igual que la leche Estrella Azul. Seguramente, el pan era fabricado por la Panificadora Ideal con harina importada, y el queso amarillo, digamos que era importado. La electricidad y el agua eran 100% estatales. En términos generales, el 85% de las utilidades o ganancias económicas generadas por nuestro desayuno se quedaban en Panamá.

Algo similar le ha sucedido al Estado con las obras públicas que realiza. Aproximadamente el 70% de los contratos del Estado se los han ganado empresas extranjeras, que no necesariamente son mejores que las panameñas. Me gusta usar el ejemplo del puente de San Miguelito que fue construido por una empresa panameña hace casi tres décadas. Sin embargo, los puentes-causa-tranques del último lustro fueron construidos por empresas españolas e incluso ticas, sin ninguna innovación tecnológica significativa. En el caso de los hospitales, el maravilloso Hospital del Niño fue construido a mediados del siglo pasado por una constructora panameña, pero hoy en día hasta para hacer un botiquín, se contratan empresas extranjeras. A principios del año pasado, el Gobierno nacional pagó más de mil millones de dólares en cuentas pendientes a proveedores del Estado. La gran mayoría de esa plata se fue a Sao Paulo, Madrid, ciudad de México, y otros puntos intermedios.

Nuestra economía se está descapitalizando. El Estado ha dejado de generar cadenas de valor internas, para favorecer las externas. Esto lo explico así: la constructora panameña contrataba sus ingenieros y arquitectos localmente, si necesitaba alguna experticia externa la buscaba, pero el conocimiento se quedaba aquí en Panamá. Ahora, con el cuentito de la globalización el experto francés se reúne con el ingeniero brasileño y le dan instrucciones al técnico panameño mal pagado, y quien desconoce todas las etapas de razonamiento y del análisis técnico efectuado. Un ejemplo claro de esto son las cataratas artificiales en que se convirtieron las nuevas esclusas del Canal de Panamá. Otro ejemplo es el de la ampliación del Aeropuerto Internacional de Tocumen, que consistió en unas instalaciones que hasta la adenda más reciente no habían sido concebidas para que los aviones llegaran directamente al nuevo edificio y que, por cierto, no están conectados al aeropuerto actual. Pudiéramos seguir con los hospitales construidos en medio de la selva, o peor aún, a 200 metros de otro hospital.

Según las estadísticas internacionales, la pobreza en Panamá se reduce 1% por cada 10% que crecemos. No estoy muy seguro de nuestros datos de pobreza, porque me parecen sumamente bajos y excluyen a la gran mayoría de las personas beneficiarias de los subsidios estatales.

Si usáramos un criterio más lógico y humano para identificar la pobreza en Panamá, digamos el prevalente en la Unión Europea, tendríamos resultados distintos. Por ejemplo, en Europa se considera que una persona es pobre si sus ingresos son iguales o inferiores a la mitad del PIB per cápita. Digamos que el PIB per cápita es de 20 mil dólares, pobre será todo aquel que perciba 10 mil dólares o menos al año.

En el caso de Panamá, nuestro PIB per cápita, para el año 2015, fue de 14 mil 250 dólares. Esta cifra se obtiene dividiendo el PIB total mil millones, entre la población total del país (3.6 millones de habitantes). La línea de pobreza sería de 7 mil 125 dólares anualmente, o si quieren redondear unos 600 dólares al mes. El 40% de la población panameña gana menos del salario mínimo, que es de unos 525 dólares mensuales aproximadamente, con el umbral en 600 dólares mensuales la población pobre de Panamá superaría el 50% o 55% de la población económicamente activa. Esta categoría es la que en Estados Unidos se conoce como “Working poor”, es decir, aquellas personas que aún teniendo un trabajo formal de tiempo completo, no ganan lo suficiente para vivir por encima de la línea de pobreza.

Hay una explicación que se está usando para justificar la alta inflación y la marginalización laboral que enfrentan los panameños. Esa explicación se centra en la fuerte migración venezolana de los últimos 10 años. Aunque es común encontrar chamos y chamas en restaurantes, salones de belleza y supermercados, consumiendo de acuerdo a los patrones de su alto nivel de vida, también han creado negocios en los que decenas y miles de panameños están trabajando. Si ciertas escuelas privadas han aumentado el costo de su matrícula y mensualidades por la presencia de familias venezolanas buscando la mejor educación para sus hijos, esto también ha significado el aumento salarial para los profesores panameños que dictan clases en dichas escuelas. La moneda tiene dos caras, y la misma migración que nos trajo importantes beneficios, tiene consigo importantes desafíos que las políticas públicas deben enfrentar. Ha sido ese vacío de políticas públicas que desde el gobierno de Mireya Moscoso hasta la actualidad le ha restado mucha competitividad y calidad de vida a los panameños.

Hoy en día invertimos mucho más en seguridad personal, y nos privamos de hacer muchas cosas por el miedo a la delincuencia. La política comercial del país, cargada de conflicto de intereses, y la piñata de las importaciones auspiciadas por el Estado, han destruido a gran parte de nuestro sector empresarial. La vorágine con la que se permitió destruir manglares y humedales acabó con la industria de la pesca en Panamá. La corruptela de un puñado de sindicalistas aniquiló la producción de bananos en Puerto Armuelles. Se prefieren a las minas y a las hidroeléctricas que a la producción agroindustrial, al turismo y a la prosperidad de decenas de comunidades que no eran un problema ni una carga para nadie, pero que con la falta de agua ven su futuro cargado de incertidumbre.

El crecimiento económico de Panamá no está articulado con el país profundo, ni con los intereses de largo plazo de nuestra nación. En los próximos 15 años se retirarán de la fuerza laboral miles de profesionales altamente especializados como médicos e ingenieros, que hicieron posible la creación de una gran clase media que fue la porta estandarte del desarrollo panameño. Apenas alcanza el tiempo para preparar la generación de relevo, y los otros miles de profesionales y técnicos necesarios para alcanzar a tener una gran economía. He buscado con mucho detenimiento un estimado sobre el número de millonarios en América Latina. Distintos cálculos señalan que la cantidad de millonarios latinoamericanos puede estar entre 500 mil a 1 millón. Alemania tiene cerca de 2 millones de millonarios, Japón tiene 4 millones. Son, sin embargo, dos países pequeños en población, Suiza y Singapur, los que se pelean el título de millonarios en relación a su población. Se supone que en Singapur uno de cada 10 habitantes es millonario. Es decir, que ese país puede tener tantos millonarios como toda América Latina que tiene más de 700 millones de habitantes.

La moraleja es clara: gran parte de América Latina hizo la misma apuesta que Panamá, nuestro crecimiento económico se fue para el exterior. Es tiempo de cambiar la apuesta e invertir en nuestra gente, y en recuperar nuestras tierras y aguas. Se necesita que los panameños puedan innovar y crear sus propias empresas, no para quedarse con la fonda o el salón de belleza, ambos negocios dignos y decentes, si no para crear las nuevas empresas de biotecnología, de energía limpia, de informática, y las miles de empresas posibles que yacen en la imaginación de los panameños. Es a partir de esa imaginación que podemos construir otra sociedad, y encargarnos de ser los dueños de nuestro futuro.

También podemos quedarnos sin hacer nada, y ser testigos de cómo nos descapitalizamos, y poco a poco irán apareciendo subsidios que nos ahogarán en la desesperanza y la nostalgia. Así, podremos continuar quejándonos de los extranjeros y llevando el país a la deriva. La opción es clara.

Publicado en La Prensa – Panamá.

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