Crisis del régimen y coyuntura política

Movimiento Democrático Popular en la celebración del 1 de Mayo.

Movimiento Democrático Popular en la celebración del 1 de Mayo.

por el Movimiento Democrático Popular

El nefasto gobierno de Ricardo Martinelli no surgió de la nada ni fue el producto del despiste del 60% de los electores. Su ascenso vertiginoso fue la respuesta de los ciudadanos a un régimen político en crisis, cuya Corte Suprema de Justicia (CSJ) había perdido toda credibilidad y estaba sumida en la más absoluta corrupción, tal como denunciara en su momento uno de sus Magistrados. Por otra parte, la Asamblea de Diputados se situaba y mantenía en el sótano de las encuestas, gracias a ser un nido de víboras insaciables que habían perdido toda capacidad de representación, puesto que se representaban a sí mismos y a nadie más. Igual ocurría con los partidos políticos mayoritarios, integrantes y sostenes fundamentales del sistema político. Las distintas facciones del PRD se canibalizaban en la lucha frontal por alcanzar un poder que les sirviera para seguirse alimentándose de la “teta del Estado” y, a su vez, continuar alimentando a los grandes capitales que sus precandidatos representaban. Así les fue. En cuanto al Partido Panameñista, su crisis de arrastre era tan grande que a Martinelli le fue una fácil tarea el someterlo y sumarlo a su proyecto electoral. ¡Más vale una Vicepresidencia que nada!

De ahí la inteligentísima maniobra política de Martinelli de vender la idea de “un cambio”. Cambio, ¿de qué? Toda su campaña vendió la idea de cambiar el “entrar limpios y salir millonarios”, de caminar ahora “en los zapatos del pueblo” en vez de en los zapatos de los “ricachones” que hasta entonces, decía él, habían caminado los gobiernos anteriores. Prometió sin ruborizarse que “se podría meter la pata pero nunca las manos” y cumpliría con el Pacto de Estado por la Justicia, posibilitando así que los Magistrados de la CSJ pudiesen ser elegidos con el concurso de la sociedad civil, dejando así de ser un privilegio presidencial. De esa manera se sanearía un sistema de justicia podrido hasta el tuétano. En otras palabras, Martinelli prometía, insinuándolo abiertamente, un nuevo régimen político. Para ello incluso habló de una “Asamblea Constituyente”.

No hay que ser un especialista en ciencia política para entender que, una vez capturado el poder, Martinelli hizo todo lo posible para imponer por sus “bemoles” un nuevo régimen político autoritario y mafioso, que excluía de las mieles del poder a todas las fracciones de la clases dominantes, dejándose como único benefactor del presupuesto y de los negocios estatales a él y a su gansteril “círculo cero”. Con ese fin se deglutió sin emitir ni un solo eructo al Molirena, financió la captura de la dirección del PRD y se apropió de gran parte de los diputados tanto del PRD como del Panameñismo. A partir de ahí todo fue orégano en el monte. Hizo con el país lo que le dio su gansteril gana y pretendió, mediante toda clase de artimañas y malas artes, perfeccionar una dictadura civil que le permitiera continuar en sus fechorías al menos durante dos o tres períodos presidenciales más.

Pero de nada le valieron los “caramelos” con los que pretendió capturar el consentimiento del pueblo: la estafa sin nombre del Metrobús, la faraónica cinta costera que conduce a ninguna parte, la construcción de los esperpénticos hospitales carentes de personal que los atienda, la modernización vial en que algunas de sus obras se construyeron o construyen al costo de 20 millones por kilómetro, las “escuelas de excelencia”, que engrosaron el bolsillo de la “cínica”; la imposición del etanol, la “beca universal” y los 100 para los 70 concebidos como anzuelos clientelistas, etc.etc. Y todo ello con un único fin: hacer multimillonarios negocios cuyos réditos iban a parar a su insaciable bolsillo. No hubo migaja del pastel estatal que no se la comiera a dentelladas, impulsado por su enfermiza gula de lo ajeno. Y no se merendó el Canal porque no le dio tiempo para, con la elección de su títere, perfeccionar su proyecto de dictadura civil.

La coyuntura que se abre

El pasado cuatro de mayo Martinelli y sus cuarenta ladrones quedaron patidifusos cuando se percataron que, pese a los 400 millones de nuestros bolsillos que habían invertido sin nuestro permiso en publicidad estatal y en la campaña del títere y sus diputados alabarderos, el 70% del pueblo votó en contra de su proyecto, y el 40% supo distinguir entre el candidato que era el Plan B de Martinelli y la verdadera oposición a su régimen de ignominia. Ese día se abrió una coyuntura política de gran importancia.

Ciertamente, el candidato, hoy Presidente, Varela, supo con su discurso conectar con las esperanzas de la mayoría del electorado. Firmó el compromiso con los cambios profundamente democráticos propuestos por el Frente por la Defensa de la Democracia, se comprometió a una Asamblea Constituyente que dotara de un nuevo régimen político al país, perseguir de inmediato la corrupción y acabar con la impunidad, recuperando los bienes públicos latrocinados por el Martinelato. ¿Promesas, sólo promesas? Hay que ser prudentes, esperar, vigilar y empujar. Todo dependerá fundamentalmente de la firmeza de los movimientos sociales y la sociedad civil.

¿Pero por qué se llega a esta situación? Dos son las razones que caracterizan esta nueva coyuntura política. La primera tiene que ver con la naturaleza excluyente del Martinelato, que llevó al poder un grupo gansteril incapaz de administrar con cierta “equidad”, entre las distintas fracciones de la clase dominante, los beneficios generados por el control del poder. No había juego limpio y ahora se quiere una reforma en profundidad del régimen político (Asamblea Constituyente) para así garantizar cierta “neutralidad” y ciertas garantías, fundamentalmente jurídicas. Y, por otra parte, la olla social está en ebullición. Solo hay que dar un vistazo a los noticieros televisivos y a la primera página de los periódicos para percatarse del reguero de protestas y demandas de la población: falta de agua, casas condenadas, transporte nefasto, escuelas deterioradas, contaminaciones peligrosas para la salud, desorden urbanístico en beneficio de los constructores y promotores, costo de la canasta básica inalcanzable, etc. etc. Dicho de otra forma, ya no es posible gobernar sin dar satisfacciones importantes a las innumerables demandas de la población. El agua en ebullición está a punto de desbordar la olla social.

Todo lo anterior nos coloca antes una coyuntura extraordinariamente importante, en la cual las demandas democráticas por mayores libertades conducen necesariamente a la profundización de las conquistas sociales. Y de eso se trata en este nuevo período: de ampliar las libertades ciudadanas y profundizar las demandas y conquistas sociales.

¿Es ello posible? El gobierno de Varela no surge como consecuencias de una derrota de los movimientos sociales y ciudadanos. Por el contrario, surge como resultado de la derrota de un régimen antidemocrático y corrupto hasta extremos inimaginables. Bajo estas condiciones no podrá imponer recortes a las libertades y a las conquistas sociales. Por el contrario, tendrá que hacer concesiones importantes. ¿Hasta dónde llegará? Eso dependerá fundamentalmente del empuje de la ciudadanía, especialmente de los movimientos sociales y la sociedad civil. Y para ello se requiere organización y claridad política. En eso estamos.

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