Paso del rei, la reina, el príncipe y la princesa: VIVA LA DEMOCRACIA PARTICIPATIVA

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Mucho me he acordado en estos días de “ABDICACIÓN truncada”, de entrañables y cercanos amigos y amigas de Cáritas Española; de la música de excelentes canta-autores que han inspirado mi alma y mi cuerpo; de grandes literatos, músicos, poetas, pintores, cineastas, científicos, educadores y bailaores. Los valores y principios de la gente-gente de la España de a pie que conocí durante el periodo de trabajo en Pastoral Social-Cáritas iluminan el necesario camino hacia la DEMOCRACIA PARTICIPATIVA.

Me cuesta asimilar que un importante sector de la sociedad española venere la sumisión ante un sistema anacrónico, humillante, embrutecedor, antonimo de la democracia y costoso, como es la MONARQUIA heredada del régimen fascista de Francisco Franco. Sin embargo, esta pesadez que supone el oscurantismo monárquico, se achica frente al IMPETU de grandes movilizaciones espontáneas en varias ciudades de España pocas horas después del anuncio de abdicación. En la calle retumbaba el clamor de Referéndum, República, Democracia, fin de la Monarquía. Clamor y gritos, que los grandes medios de comunicación han intentado silenciar de manera orquestada, para lo que han sido creados  y suelen hacer.    

 Como se puede ver, los poderes en España defienden fervorosa e interesadamente la MONARQUIA  y con ella, -aunque sea de manera velada- al Franquismo fascista que se extiende hasta nuestros días.

Por las reuniones de trabajo y convivencia con mis conocidos y conocidas de España, paso del rei, de la reina, del príncipe y la princesa. Viva la DEMOCRACIA PARTICIPATIVA, viva la participación cotidiana de la gente de abajo aportando para la construcción de la nueva sociedad española en la que quepan todos sus ciudadanos.  

Héctor Endara Hill
05 06 2014
 
 
http://www.20minutos.tv/video/bcmoqKN6-miles-de-personas-toman-la-puerta-del-sol/

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Monarquía o democracia: ese es el dilema

La precipitada abdicación de Juan Carlos de Borbón y Borbón ha colocado sobre la mesa algo más que el debate monarquía-república. Ha puesto en evidencia el antagonismo de fondo que existe entre monarquía y democracia. En el pensamiento político clásico, la monarquía remite al poder de uno. La democracia, en cambio, al de todos. La monarquía se basa en una institución hereditaria, no electiva, sujeta a numerosos privilegios y a regulaciones de excepción. La democracia presupone el autogobierno popular y la elección y fiscalización de todos los representantes políticos, incluido el jefe de Estado. Desde una perspectiva democrática, la existencia de un rey será siempre un elemento extraño, anómalo. En el caso español, esta incompatibilidad entre monarquía y democracia, entre monarquía e igualdad, tiene connotaciones más profundas.

La condición de rey de Juan Carlos de Borbón no tiene, de entrada, origen democrático alguno. Proviene directamente de la legislación de una dictadura, la franquista. Fue Franco quien lo nombró “sucesor a título de rey” en 1969 y él hizo poco para romper ese vínculo. Se comprometió, por dos veces, a cumplir las Leyes fundamentales franquistas. E impidió, como ocurrió en Italia tras la caída del fascismo, que la ciudadanía pudiera ser consultada sobre la continuidad o no de la Monarquía.

La Transición de la dictadura a la monarquía parlamentaria no borró esa carencia democrática. Durante la primera entrevista personal que Adolfo Suárez mantuvo con Felipe González, el 10 de agosto de 1976, este último le planteó la necesidad de llevar a cabo un referéndum sobre la forma política del Estado. Suárez respondió que someter a referéndum la legalidad monárquica era romper con la anterior y con la posibilidad de hacer la transición desde el poder. Y que por si fuera poco era probable que el resultado fuese favorable a la opción republicana.

En las Cortes Constituyentes de 1977-1978, la mayoría de grupos parlamentarios que integraban la comisión constitucional (UCD, Alianza Popular, comunistas, Minoría catalana y PNV) aprobaron el artículo primero del anteproyecto de Constitución, que establecía la Monarquía parlamentaria como forma política del Estado español. Los miembros del PSOE se abstuvieron y lanzaron agudas pullas al diputado y ponente comunista, Jordi Solé Tura. El ímpetu republicano, sin embargo, no duró demasiado. Al final, acabaron aceptando la Monarquía y convirtiéndose en sus máximos valedores.

Bajo la atenta vigilancia de los poderes económicos y militares vinculados a la dictadura, la Constitución y las leyes que la desarrollaron prefiguraron una democracia de partidos, tendencialmente bipartidista y desconfiada frente a la participación ciudadana directa en los asuntos públicos. En ese entramado, el Rey se erguía como garante de la “unidad y permanencia” del Estado, inviolable civil y penalmente e irresponsable en términos políticos. Gracias a la presión de Alianza Popular y de UCD, todo lo referido a la Corona fue blindado a través de un mecanismo de reforma tan complejo que la hace casi irreformable. El mismo que Mariano Rajoy sugiere a quienes plantean que sea la sociedad, democráticamente, la que se pronuncie sobre el sentido actual de la institución.

Con el referéndum sobre la Constitución, aprobada bajo la mirada vigilante del Ejército, se pretendió otorgar al rey una legitimidad democrática que limpiara sus vínculos con la dictadura. El 23-F vino a completar la operación. Las condiciones en las que aquella asonada fue urdida y el papel de Juan Carlos de Borbón en ella son turbios (en febrero de 2012, el semanario alemán Der Spiegel reveló, tras la desclasificación de documentación diplomática de Wikileaks, la simpatía del rey por los golpistas). Con todo, el relato oficial lo convirtió en el rey que “salvó la democracia” y en el primer y más destacado “defensor de la Constitución”. Lo cierto, sin embargo, es que lo que Juan Carlos vino a consolidar fue una democracia limitada y un régimen constitucional cada vez más restrictivo, incapaces ambos de dar voz a la ciudadanía más allá de las elecciones y de proyectarse libremente sobre ámbitos como la economía o la organización territorial.

El mito de que el rey había asegurado la democracia permitió poner sordina a aquellas actuaciones suyas que impedían, de hecho, la democratización de la vida política y económica. Amparado por la vulgata de que reinaba pero no gobernaba, de que era un simple árbitro sin poderes efectivos, Juan Carlos desplegó una vasta red de conexiones locales e internacionales vinculadas a negocios inmobiliarios, especulaciones financieras, comisiones petroleras o tráfico de armas. Personajes como Manuel Prado y Colón de Carvajal, Mario Conde, Javier de la Rosa o José María Ruiz Mateos, todos condenados por corrupción, fueron asesores económicos de primera línea de una fortuna real que revistas como Forbes y Eurobusiness llegaron a cifrar, ya en 2011, en 1.790 millones de euros.

Muchos de estos hechos no han podido ser investigados en profundidad. Entre otras razones porque la inviolabilidad constitucional de la figura real vino acompañada de un férreo blindaje frente a cualquier crítica pública, judicial e incluso parlamentaria. El Código Penal de 1995, conocido como el “Código de la democracia”, introdujo numerosos delitos contra la Corona, incluida la utilización de la imagen del rey o de cualquiera de sus ascendientes o descendientes de cualquier forma que pueda “dañar el prestigio de la Corona” (artículo 491.2). La desproporción con que se llegaron a aplicar estas figuras delictivas hizo que el propio Tribunal de Estrasburgo amonestara al Estado español e interviniera en defensa de la libertad de expresión e ideológica y del pluralismo político.

El precipitado anuncio de abdicación del pasado lunes es un intento de mantener este estatuto de privilegio e impunidad en un momento en el que el mito del Rey demócrata ha comenzado a resquebrajarse. Si Felipe de Borbón es proclamado rey y los planes del Gobierno salen adelante, su padre tendrá inmunidad penal por sus actuaciones pasadas y gozará de aforamiento especial ante el Tribunal Supremo. Esto permitiría, además, que una eventual condena a Iñaki Urdangarin o a la propia Cristina de Borbón por el caso Nóos recaiga, no ya en la familia real, sino en simples “familiares del rey”.

Pero hay algo más. La proclamación, sin debate público, de Felipe VI, permitiría colocar a la Corona, “generacionalmente renovada”, en el centro de una Segunda Transición, controlada desde arriba, que impida romper los cepos antidemocráticos heredados del franquismo y mantenidos con el Régimen de 1978. Una salida de este tipo sería un fraude al mandato democratizador del 15-M, de la PAH, de las mareas ciudadanas, del movimiento por el derecho a decidir de los pueblos y de las mujeres sobre su propio cuerpo, y de tantos otros que propugnan la extensión de la participación ciudadana a diferentes esferas de la vida social. Lo que está en juego, pues, es algo más que el debate Monarquía-República. Es el futuro de la democracia misma. Si la Monarquía vuelve a imponerse, sin que la ciudadanía sea consultada, su estatuto de privilegio, de desigualdad y de impunidad infectará por largo tiempo la vida política y económica. Oponerse a ello, exigir un referéndum y movilizarse por la apertura de procesos constituyentes democráticos es honrar la libertad. La nuestra, la de quienes nos precedieron en el mismo empeño y la de los que vendrán. Y es ahora o nunca.

05jun 2014
Gerardo Pisarello

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Una abdicación que pretende dejarlo todo atado y bien atado

El anuncio de la abdicación de Juan Carlos de Borbón en favor de su hijo es una maniobra destinada a vigorizar el sistema institucional vigente desde la muerte de Franco. También pretende paliar el desgaste que la monarquía española ha sufrido en los últimos años, en gran medida a causa de su principal exponente, físicamente decrépito y sacudido por demasiados escándalos; pero el objetivo primordial es apuntalar un modelo que hace agua y que cada vez más gente pone en cuestión, no solo en Euskal Herria y Catalunya, sino también en el conjunto del Estado. El descalabro en las elecciones europeas de los partidos que han gestionado el marco posfranquista es un síntoma de la desafección que sufre el régimen.

En este contexto, se ha optado por cerrar el trámite sucesorio antes de que la contestación social sea incontrolable y obligue a afrontar sin cinchas el debate pendiente sobre el modelo, que debería entrar en la jefatura del Estado y, una vez abierto el melón, también en la propia configuración territorial del mismo. Un escenario demasiado arriesgado para quienes pactaron las reglas de juego de la «democracia española» y que se ha querido cortocircuitar con un movimiento preventivo. Está por ver si este alcanza su objetivo o si, por el contrario, el germen del cambio se ha instalado en una sociedad que durante demasiado tiempo ha tolerado silente un sistema que es en esencia antidemocrático. Las movilizaciones celebradas ayer por la tarde pueden indicar que existe una masa social que no está por la resignación.

Con todo, las fuerzas que intentarán imponer el asentamiento acrítico del nuevo Jefe de Estado son muy poderosas, pues son las que han manejado las riendas en todo este tiempo. Una vez más, quieren dejarlo todo atado y bien atado. El nombramiento de Felipe de Borbón tiene el mismo carácter antidemocrático que el de su padre y responde a la misma lógica de hace cuarenta años: impedir la ruptura democrática y arrebatar la voz al pueblo. A la sociedad española le corresponde impedir que eso ocurra y transitar hacia un marco de democracia real sin ataduras con el franquismo. Y a este pueblo le corresponde saludar sus logros mientras pone los cimientos de la república vasca.

Josetxo Escurra
04-06-2014
Editorial Gara

Fuente: http://www.naiz.info/eu/iritzia/editorial/una-abdicacion-que-pretende-dejarlo-todo-atado-y-bien-atado

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2 respuestas a Paso del rei, la reina, el príncipe y la princesa: VIVA LA DEMOCRACIA PARTICIPATIVA

  1. Amarillys Taylor dijo:

    Por favor, Rey se escribe con Y! El desastre económico español no es culpa de la monarquía sino de los políticos. Es chocante que se pasen el poder de padre a hijo pero y que pasa con los Castro ? con los Chávez-Maduro ? Estos son aún peores que los reyes españoles y nadie dice nada sobre estos tiranos. Que decidan los españoles si quieren o no un rey!

    • Cierto con Y se escribe rey. Falso que nadie diga nada sobre los Chávez-Maduro y los Castro… Mucho se ha dicho e intentado desde el Pentágono que les huele mal todo lo que, según ellos, se sale de las políticas dictadas por USA.

      Como España está en este universo me tomo y creo con la libertad de opinar sobre su régimen. Las MONARQUÍAS no deben existir en ninguna parte del mundo, sólo allí en dónde hay peones y vasayos. Como no creo que ningún ser humano merezca esta degradación, entonces no creo que deba existir ninguna. ¿Ellos no tienen la culpa? Por favor, se contradice, ¿Cómo lo sabe? No son los españoles que deberían saber esto….

      Con su lógica de mirada corta, no sería Cuba o Venezuela las que deben decidir su destino y no las políticas de los virulentos anticomunistas de derecha.

      Los cubanos son los que deciden, apesar de todo el bloqueo norteamericano, el sistema que quieren vivir. Claro que podría ser mejor, con más libertades y mayor bienestar social, pero eso no lo van a encontrar en las política y visiones ultraderechistas.

      Saludos.

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