Ni institucionalidad ni democracia: Paco Gómez Nadal

PACO GÓMEZ NADAL

12/11/2013 – Mirarse al espejo es terrible. Más si uno se ha estado engañando durante décadas para evitar verse los granos purulentos, la calva incipiente, el tiznado dulce de los dientes que apunta a una caries masificada… Hay momentos de crisis en que somos capaces de vernos como somos, con toda la crudeza de la realidad y, aunque es trago amargo, el trance sirve para comenzar a poner remedio a tanta inmundicia autocensurada.

Tengo la sensación de que eso es lo que le ocurrió a España, por ejemplo, cuando las tablas del balance dejaron al desnudo la realidad y esa crisis, esta crisis, hizo que una buena parte del país se mirara al espejo y descubriera que su democracia no era tan democrática, que el sistema había sido asaltado por profesionales del robo político y banquero, que las instituciones jugaban muchas veces en su contra y que, además, estamos mal formados para este presente y peor preparados para un futuro incierto.

Aquí, en Panamá, el espejo empieza a reflejar en juego grotesco lo más profundo de una estructura carcomida. Ricardo Martinelli y todo el séquito que se beneficia de su autocracia están dejando ver las cartas marcadas sobre la mesa y permiten atisbar el marasmo político en el que están metiendo al país de cara a las próximas elecciones. La jugarreta jurídica de Moncada Luna o la opereta bufona de la inauguración de la nueva sede del Tribunal Electoral no se le habrían ocurrido ni al más perturbado de los guionistas de películas de zombis. Pero todo esto no deja de ser el síntoma de una enfermedad más profunda.

Panamá ha querido creer en su democracia. Una democracia que nació secuestrada en Fort Clayton, que fue diseñada a golpe de intereses espurios y que precisó de una cantidad de cómplices locales para hacerse realidad. Con cada cambio de gobierno se ha hecho tabla rasa, se ha abonado la amnesia colectiva y no se han ajustado cuentas con aquellos –¡todos!– que han ido minando la débil construcción institucional.

La farsa está llegando a su fin. Un sistema de mentiras encadenadas tan débil suele reventar cuando entra en juego un elefante, un ser con un ego demasiado grande para el leve espacio de rejuego democrático que estaba habilitado en el país. Ese ha sido el papel de Martinelli: la grotesca caricatura del fenicio exitoso metido a político, que siempre se ha beneficiado de ella y que ha visto que cuando uno se puede quedar con todo el pastel resulta insuficiente la jugosa porción que disfrutaba.

Leía un comentario en las redes sociales, escrito por alguien a quien respeto profundamente, que indicaba que le daba igual quién fuera el próximo Presidente de Panamá porque los grandes asuntos pendientes seguirían en riesgo. Es verdad: la independencia judicial, el respeto a los derechos humanos, la construcción plurinacional, la justicia territorial, la redistribución de la grosera riqueza que amasan los 150 ricos del país, la dignidad en el trato a los ciudadanos, la educación emancipadora, la salud de calidad, la seguridad humana, la soberanía alimentaria… Ni uno solo de los gobiernos autodenominados como democráticos ha abordado los grandes asuntos pendientes en Panamá. Y no lo han hecho porque en el país se llega a Palacio para saquear. Se saquea hasta cuando se construye, se saquea hasta cuando se habla. Mentiras sembradas de negocios son los programas electorales, mentiras cubiertas por la coima generalizada y el botelleo son los buenos propósitos que gritan de forma burda los gobernantes.

No hay democracia en Panamá. No la había antes del actual e insultante gobierno. Y no la hay porque no hay participación, ni separación de poderes, ni una carrera administrativa que se pueda denominar como tal, ni una pluralidad política o mediática que garantice los balances.

Como insistía el autor del comentario al que me refería antes: “Es cierto que la permanencia en el gobierno de Cambio Democrático más allá de 2014 no es una buena idea. Pero que te convoquen a la unidad los mismos que provocaron el fenómeno Martinelli provoca risa. Es como pedirle a la víctima que haga frente común con el autor intelectual del delito para vencer al autor material”.

A la gente decente, a la clase trabajadora, a los pueblos excluidos, a los estudiantes, a los gremios organizados solo les queda trabajar pensando en el futuro y capear lo mejor posible el presente. La construcción de una democracia real no se juega en las próximas elecciones. Ahí solo se trata de una batalla entre victimarios para determinar quién se queda con el negociado los próximos cinco años.

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