Un cura de a de veras

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Jorge Sarsaneda del Cid

Panamá, 041113

4 de noviembre de 1965. Plaza de Catedral. Un grupo de estudiantes protesta en el desfile y la policía (siempre la policía) arremete contra ellos, a golpes. Un cura se interpone, los defiende, protesta, los saca de la cárcel. Así conocí al sacerdote jesuita Rosendo ‘Chendo’ Torres Saldívar.

Por esos caminos extraños de Dios, yo uní este hecho al retiro en el que estaba en ese momento y sentí que Dios me pedía hacer ‘algo más’. Pensé, busqué, pregunté y terminé en el noviciado de los jesuitas. De eso hace más de 47 años.

Chendo era muy conocido en Panamá y muchos tendrán anécdotas, historias, chistes, situaciones, en las que tuvo que ver. Pero para mí siempre fue “ese cura del Javier” que se atrevía a decirle “más de cuatro cosas” a quien se las mereciera. Listo para la pelea. Pero también era el hombre que aseguraba -a donde iba- un ambiente agradable, chistoso, de ‘chispa’.

Hombre cercano a la gente, preocupado por el sufrimiento de los demás. Hombre nacido en la pobreza, nunca le vi ostentar esa riqueza chocante que se ve en algunos curas. Pero no sólo eso: aunque tenía dos licenciaturas, manejaba con facilidad griego y latín (además del inglés) y un gran conocimiento de historia de Panamá, nunca hacía gala de ello. Tampoco miraba “por encima del hombro” a otros por el hecho de ser cura. Era el cura dispuesto a servir, a escuchar, a aconsejar.

¿Quién no recuerda las clases “boxísticas” de Chendo? ¿O los experimentos de física? ¿O los comentarios a los tratados del Canal? ¿O sus juicios llenos de sentido común, de sentido de pueblo? ¿O su infatigable servicio a la Iglesia?

Chendo anduvo sirviendo por muchos lugares de la geografía de Panamá: San Miguel, el Marañón, San Felipe, Pedregal, Chepo, la desaparecida Loma La Pava, el Ingenio y otros muchos en la ciudad. Natá, Penonomé, Contadora, ¿en qué pueblo no estuvo Chendo?

Tuve el honor y la difícil tarea de sustituirlo en la fenecida (¿asesinada?) cátedra de Relaciones Panamá-EEUU, en el colegio Javier, allá por 1972. Estaba ‘fresca’ la desaparición del P. Héctor Gallego y en eso Chendo era muy claro. Me ayudó mucho a situarme, a profundizar en esa historia de Panamá que hoy se quiere ‘enterrar’ con el pretexto de que “son otros tiempos”.

Nos va a hacer falta, le vamos a extrañar mucho. Estaba muy enfermo (riñones, corazón, pulmones…) y sus 85 años no aguantaron tanta carga. ¡Descansa –de verdad- en paz, Chendo, hermano y amigo! El Jesús en quien creíste, te recibirá con gusto. Allí podrás contar muchos chistes, allí no tendrás que aguantar a más de un pesado que te mire mal por ser del barrio de Santa Ana.

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